La Inteligencia Artificial se está colando en nuestro día a día, tanto en casa como en nuestro trabajo, en nuestra vida social y personal. La comunicación, a veces en una lengua extranjera, no es ninguna excepción. ¿Quién no ha utilizado alguna vez Google Translate, ChatGpt o buscadores similares para buscar una traducción de una palabra en inglés? Parece que la Inteligencia Artificial traduce cada vez mejor y más rápido. Es capaz de traducir en pocos segundos grandes volúmenes de texto o discursos hablados, por lo que el coste de la traducción es muy inferior a los honorarios de un traductor humano profesional.
Cierto, pero también tiene una cara B: la Inteligencia Artificial no es humana y por eso la llamamos “artificial”. No capta matices, no tiene sensibilidad cultural. No aporta conceptos nuevos y, sobre todo, no tiene espíritu crítico.
La IA se basa en algoritmos y se nutre de una gran cantidad de datos existentes que previamente han sido aportados por nosotros; son los llamados “Big data”. Constatamos este mismo funcionamiento también en las traducciones. La IA utiliza textos existentes y filtra los términos más frecuentes, aunque no siempre los más adecuados. Ahora bien, también arrastra errores y peor aún, la IA puede “sufrir alucinaciones”, inventar palabras, términos o definiciones cuando no tenga la respuesta o no la encuentre entre los datos disponibles y presentar el texto de manera convincente como si fuera totalmente correcto.
Muchos de esos textos están mal escritos, contienen errores o contradicciones o son ya una mala traducción, por ejemplo, del chino al inglés y de ahí al español. Por lo tanto, el resultado puede conducir a una interpretación errónea. La IA no entiende de matices ni de errores en los textos originales; si no lo comprende, se lo inventará, o sea, “sufre alucinaciones” y nos presenta la traducción que le parece.
La “alucinación” de la IA puede darse más a menudo en textos técnicos, jurídicos, médicos, financieros o literarios, porque la IA no capta matices ni todo el contexto, ni tiene la sensibilidad humana para transmitir sentimientos. Un cliente podría perder un juicio importante debido a una mala comprensión de las alegaciones del abogado por culpa de una mala traducción. Un expediente médico de un paciente tratado en un hospital extranjero mal traducido puede tener consecuencias catastróficas.
En casos como estos, es necesaria, incluso imprescindible, la comprobación humana. Un traductor profesional, formado en la universidad y a menudo con largos años de experiencia sí que tiene los conocimientos, la sensibilidad cultural y lingüística para dominar la jerga, la terminología especializada y para captar los matices de un texto. El traductor profesional tiene un espíritu y una actitud críticos hacia el texto que tiene delante y de los que la IA carece. No cabe duda de que la IA es una gran herramienta que acelera y facilita la tarea, pero es lo que es: una herramienta para los profesionales que sí que son capaces de filtrar flagrantes errores, contradicciones, matices o aspectos culturales inadmisibles o incomprensibles en la otra lengua.
Hay otro aspecto no menor: la seguridad y la confidencialidad de nuestra información. ¿Una empresa confiará sus documentos internos sin más a una plataforma automática y abierta? Los traductores profesionales humanos estamos sujetos a un código deontológico además de a las leyes de protección de datos. Los documentos de los clientes siempre son tratados con la mayor confidencialidad, con sumo cuidado siguiendo unos protocolos estrictos.
En resumen, podemos concluir que la Inteligencia Artificial es una herramienta muy valiosa, pero al igual que Google Translate, whatsapp y otras herramientas de traducción, requiere la supervisión de un profesional.
Un documento traducido con IA es una traducción de bajo coste, con una calidad muy relativa y no siempre fiable.
Como paso intermedio tenemos el texto traducido con IA y sometido a una posedición o post-editing, es decir, revisado por un traductor profesional humano.
Si queremos un documento de alta calidad y bien escrito, la traducción la hará un traductor profesional porque gracias a su conocimiento de las herramientas especializadas, su experiencia, confidencialidad y saber hacer, garantiza la calidad más alta y por tanto la seguridad de que mi documento expresa y transmite exactamente lo que quiero decir.